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“LOS DIOSES ESTÁN FATIGADOS AL IGUAL QUE LOS ILUMINADOS” - ALAN PERSHING-

Zacatecas
Miércoles, 17 de mayo de 2017

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Por Lic. José Corona Redondo

Publicado en El Sol de Zacatecas el 17 de mayo de 2017.

El inconsciente colectivo de muchos mexicanos está arrastrando a López Obrador al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas “acá Andrés Manuel López Obrador es como una creencia, nosotros pedimos en la iglesia por él”, dijo una mujer de la comunidad Pentecostés, durante la gira por Tabasco “yo que soy católica también pido que gane”, dijo otra. “México necesitaba un mesías y ya llegó López Obrador, decía una pancarta en el pueblo natal de Juárez. Pero él ha sido el primero en alentar esas expectativas y en creer que puede cumplirlas “Ungido”, más que electo por el pueblo, podría tener la tentación revolucionaria y autocrática de disolver de un golpe poco a poco las instituciones democráticas incluyendo la no reelección.

Esta parece ser, por cierto, la preocupación de Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico de la izquierda mexicana, hombre tan ajeno a la explotación de la religiosidad popular para fines políticos como lo fue su padre, que por ese motivo rompió con Garrido Canabal. En una charla Cárdenas dio a entender que no descartaba la perpetuación de su antiguo discípulo en el poder. Quizá tuvo razón un proyecto mesiánico aborrece los límites y necesita tiempo: no cabe en el breve periodo de un sexenio.

Pero México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del Poder Judicial, la libertad de opinión en la prensa y en los medios, el Banco de México, el INE. México es además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía. El Federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro.

Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el Ejército, representan un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria. La Iglesia se ha pronunciado ya por el respeto irrestricto al voto, y el Ejército es institucional. Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.

Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora. De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el “hombre maná”, que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. La desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán cada una en su esfera propia.



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